Se representa a Ángela Merkel con un carro cargado de lana y tirado por bueyes.
El castigo de Hermes
Ángela, celosa de la habilidad de su padre para procurar fortuna a los mortales, decide recorrer las tierras a un lado y otro del Rin, obligando a campesinos y comerciantes a levantar altares en su nombre. Intransigente con los mortales, les somete a humillaciones, quemando las aldeas que se resisten, y sus habitantes, condenados a morir de hambre.
Hermes, dedicado a la exaltación de los atletas, abandona el cuidado de su hija, pero cuando se entera de lo que Ángela está haciendo, decide castigarla, convirtiéndola en simple mortal. Se ve obligada a trabajar la tierra y cuidar del ganado, pedir limosna y protección en los lugares donde había pretendido ser adorada. En una de estas aldeas encuentra a una vieja campesina de nombre Merkel, quien decide cobijarla en su humilde choza. La bondad y amabilidad de esta anciana es rechazada por Ángela, que roba a la campesina la poca lana, comida y bebida que pudiera tener. Con la venta de lo obtenido, compra una cabra que ofrece en sacrificio al dios Hermes en busca de compasión. Enterado Hermes de lo ocurrido, obliga a su hija a cuidar a la vieja anciana hasta el fin de sus días, como si de su madre se tratase, lo que así hace con atención y cariño, procurando, además, prestar debida respeto al resto de los vecinos de la aldea. En prueba de la devoción y afecto que tuvo a la anciana, decidió llamarse Ángela Merkel.
El comportamiento ejemplar que al final tuvo Ángela en la Tierra fue elogiado por los dioses reunidos en el Olimpo. Y Zeus pone fin al castigo otorgándole nuevamente su condición de semidiosa y la cualidad de mensajera de los hombres, siendo adorada en las aldeas y pueblos a un lado y oro del río Rin, levantándose en su nombre altares donde acuden los aldeanos en busca de consejo y protección.